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EL DISEÑO GOURMET DEL COVID-19

- Una reflexión sobre la estética del Coronavirus -


Es cierto que la naturaleza, no intervenida por el hombre, tiene estructuras internas que podrían ser objeto de admiración en cuanto a su diseño, con patrones de una perfección matemática absoluta, como por ejemplo el agua en sus distintos estados.


Cristalización del agua

Pero ese mismo agua en su manifestación externa es caótica e inmisericorde si actúa como desastre natural, no respeta espacios ni edades, la mortandad y destrucción son absolutas, y este es un patrón que sigue cualquier manifestación natural extrema y aleatoria de la naturaleza: la erupción de un volcán, un terremoto, una tormenta... Sin embargo, el Coronavirus analizado en el diseño de su manifestación externa es de una perfección exquisita. Me explico. Nace en uno de los centros económicos, políticos, educativos y culturales de China central y se expande con virulencia en las zonas motoras de los países: Lombardía en Italia, Madrid, Euskadi, Catalunya en nuestro país… Digamos que es un virus sibarita eligiendo las zonas de actuación vehemente. Es extremadamente dañino con las personas mayores o enfermas, golpea severamente a la población entrada en años, pero es leve en su comportamiento con los jóvenes y apenas perceptible sus efectos en los niños, aun siendo estos los mayores transmisores… Vemos también que tiene una inteligencia eugenésica, que equilibra una población envejecida y de paso sistemas económicos de difícil sostenimiento debido a ello, e imprime cierta fobia hacia esos pequeños seres y sus excelencias transmisoras (algunos supermercados ya no solo prohíben la entrada a los perros, también a los niños). El virus tiene, en realidad, un bajo índice de mortalidad pero es extremadamente agresivo en su contagio y expansión, con lo cual sus efectos no son extremadamente nocivos para la población pero sí para las estructuras económicas, sanitarias, laborales y sociales, produciendo el colapso en todas y cada una de ellas. Si no fuese por su espontáneo y “natural” surgimiento, podríamos pensar que es un arma perfecta, pero no seamos mal pensados. Afecta a las clases populares, pero también a las clases dirigentes, de los que rápidamente hemos visto ejemplos, lo que nos lleva a una concepción horizontal de la epidemia y evita suspicacias conspiranoicas que hagan responsables a los que ostentan el poder... bueno, siempre y cuando consideremos a nuestros dirigentes el verdadero poder. Otro de los efectos es el aislamiento social que se impone debido al confinamiento, una situación percibida por la población desde lo emocional, para lo cual nos llevan preparando durante la última década y muy intensamente en el último lustro con la literatura de autoayuda, gurús del mindfulness, coaching, las charlas BBVA y toda esa pornografía emocional. Gente jugando al bingo, al veo-veo desde los balcones, o músicos tocando la banda sonora de Titanic (el barco que se hundió) de balcón a balcón. No soy contrario a estas respuestas emocionales siempre y cuando, las regidas por la reflexión, las ejecutadas poniendo el cuerpo de por medio con la intención física de originar cambios, también se produzcan.


Ahora vamos a ficcionar, que es lo nuestro. Y no se trata de conspiranoia, sino de reordenar los elementos reales y otros hipotéticos para generar una dramaturgia que nos haga reflexionar y no necesariamente llegar a conclusiones. Juguemos ahora que tenemos tiempo. Siempre se necesitó un enemigo externo y común para conseguir la unidad en torno a una idea o un sistema. En los tiempos de extremada velocidad en los que vivimos, ese enemigo necesita recambios y potencialidades aumentadas constantemente: la crisis dejó paso a el terrorismo, que dio paso a su vez a un demente presidente en la nación más poderosa del mundo y, cuando ya solo nos quedaba la amenaza interestelar de la vida invasora de otros planetas, alguien debió decir:

- Ey, todavía podemos crear otro enemigo antes de recurrir a los extraterrestres. Un enemigo más poderoso, invisible, imparable, que provoque el miedo más atroz jamás conocido y contra el que solo unos pocos de los nuestros, a cambio de un buen puñado de dinero, puedan luchar. Algo que debilite definitivamente la economía de los estados y genere deudas insostenibles.

- ¿Ah sí?, Cuéntanos eso.

- Veréis, se trata de…


Imaginaros una sociedad que alarga eternamente su cuarentena, que implanta el teletrabajo beneficioso para las empresas pero difícil de conciliar en el hogar, la enseñanza telemática impuesta por programas estandarizados regidos, por ejemplo, en base al informe PISA, compras online entregadas en nuestro domicilio, un ocio a través de pantallas, y la cultura como un consumo individual a la carta (con tres primeros, tres segundos, postre, pan y circo… perdón quise decir pan y vino) y solo eso, sin poder cambiar de restaurante... en fin… ¿Quiénes serían los beneficiados de un mundo así? Amazon gestionaría las compras y nos las llevaría a nuestro domicilio, Google nos facilitaría los servicios y plataformas de teletrabajo y de enseñanza telemática, Netflix gestionaría nuestro ocio y contenidos culturales, Facebook y su ecosistema sería nuestra ventana al mundo y facilitaría nuestra expresión y comunicación con los demás y Apple nos proporcionaría los dispositivos para hacer todo lo anterior… Vaya… los beneficiarios de algo así serían los mismos que dominan hoy el mundo, es decir, el poder real.



Por cierto, un aviso, entre paréntesis, para los de nuestro sector (la cultura): cuidado con regalar nuestras creaciones por internet y ofrecer como acto de buena fe nuestro trabajo para su consumo online como están haciendo las plataformas multimedia. Para esas empresas es un reclamo publicitario que luego podrán cobrar porque la plataforma de consumo ahora y luego será la misma, no así en nuestro caso, ya que nuestra plataforma no tendrá después, en la mayoría de las veces, formato digital. Además el formato online carece de lo principal que tiene, por ejemplo, el hecho teatral que es la experiencia social y compartida. Si acostumbramos a las personas a consumir la cultura de esa manera no querrán hacerlo de otra, ni pagar por ella y esto será aprovechado por las grandes plataformas con las que evidentemente no podremos competir y ahí sí se acabaría todo. No va a producirse el trasvase de lo digital a los contenedores culturales físicos, no seamos ingenuos… Podemos crear contenido digital, pero el teatro ha de verse donde ha de verse… puedes rezar en casa pero si quieres misa has de ir a la iglesia. La hostia, confesión y absolución solo las da el cura. Y por otro lado, dejemos a la gente que escuchen, como decía Rivera, “el silencio”, que realmente se adentren en ellos mismos, dejemos de meter ruido también nosotros.


Creemos estar viviendo algo que no habíamos vivido nunca, y esa primera impresión la hemos tenido todos, pero en realidad lo que el virus ha hecho ha sido intensificar la percepción de lo que ya había. Y esto es:

La humanidad es frágil, como lo es cualquiera de sus sistemas organizativos. Estamos atomizados, separados de los demás, nos construimos nuestros propios trabajos, los ejecutamos desde nuestra casa y tenemos por sueldo la precariedad, el poder y nuestro enemigo es invisible, atenuamos el daño desde lo emocional, consumimos individualmente todo y siempre con intermediación de las pantallas, ocultamos nuestras miserias con el disfraz de la apariencia que nos proporciona el escaparate de las redes sociales y pensamos siempre que el peligro son los demás… Es decir, igual que antes solo que ahora es brutalmente perceptible.


En realidad alguien nos está ofreciendo la coartada para sentir que todo esto no es culpa de nadie y mucho menos de nosotros mismos, pero que tenemos que apelar a la responsabilidad para aceptar todo lo que se nos viene encima. El mundo no va a cambiar, estará basado en lo mismo, pero atentos porque el diseño será otro y lo aceptaremos responsablemente por nuestro bien, ahora que por fin nos dimos cuenta de que somos vulnerables.


Jordi Claramonte dice que “el paisaje es siempre el resultado de un conflicto y prepara las condiciones del conflicto que ha de venir”. El COVID-19 dejará el paisaje y las condiciones para el próximo combate.

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